Todo
empezó unos días antes de mi internación. Yo había notado que mi orina estaba
muy oscura y me parecía raro, pero como no me dolían los riñones no le di
demasiada importancia. Después, al lavarme los dientes, me sangraron un poco
las encías. Pensé que quizás me había
cepillado demasiado fuerte.
Más
tarde me aparecieron unas pequeñas manchas en las piernas. También tenía
fiebre, náuseas, vómitos y me sentía congestionada. Como sufro migrañas con
aura y muchas veces tengo síntomas fuertes, traté de encontrarle una
explicación a cada cosa.
El
domingo 24 de mayo pensé que simplemente estaba engripada.Tomé un antigripal y
seguí. En ese momento necesitaba seguir generando ingresos. Mi situación ya
venía siendo difícil antes de la PTT.
Tengo
un trabajo principal desde hace muchos años, pero en ese momento mis ingresos
se habían visto afectados en el marco de una licencia vinculada a otro problema
de salud que venía atravesando. Hay cuestiones laborales y administrativas que
todavía forman parte de mi situación personal y que prefiero mantener en ese
ámbito.
Lo
cierto es que económicamente necesitaba seguir adelante. Por eso hacía
diferentes trabajos y emprendimientos adicionales para poder generar ingresos:
cocinaba, preparaba pedidos, vendía productos, organizaba cosas y trataba de sostenerme
con todo lo que sabía hacer.
No
eran actividades que hiciera porque me sobrara energía.
Las
hacía porque necesitaba trabajar y seguir adelante.
Y
justamente durante esos días estaba preparando todo para el 25 de Mayo. Había
organizado la venta de locro, tenía pedidos para entregar y también había
estado vendiendo ropa gaucha. Incluso recorrí aproximadamente nueve kilómetros
en bicicleta.
El 25
de mayo me levanté cerca de las cinco de la mañana para empezar con todo:
cocinar, organizar pedidos, hacer entregas y cumplir con lo que tenía
comprometido. Yo sentía que podía continuar.
Lo que
no sabía era lo que estaba pasando dentro de mi cuerpo. De seguir trabajando a
terminar internada.
En muy
poco tiempo todo cambió.
Mis
plaquetas llegaron a estar en aproximadamente 3.000 por microlitro y tenía una anemia
muy importante. Después de estudios, médicos, miedo e incertidumbre llegó un
diagnóstico que hasta ese momento prácticamente desconocía: Púrpura
Trombótica Trombocitopénica, PTT.
De
repente pasé de estar trabajando, cocinando, haciendo entregas y andando en
bicicleta a estar internada enfrentando una enfermedad poco frecuente y
potencialmente muy grave. Estuve aproximadamente 25 días internada y alrededor
de 15 días en terapia intensiva. Recibí múltiples sesiones de plasmaféresis,
transfusiones, corticoides y distintos tratamientos.
Hay
momentos de esa internación que recuerdo con claridad y otros que quedaron
mucho más borrosos. Mi cuerpo cambió muchísimo. Antes de internarme pesaba
alrededor de 94 kilos y llegué a bajar a unos 86.
Pero
lo que más sentí no fue el número de la balanza. Fue perder fuerza.
Perdí
mucha masa muscular. Mis piernas estaban flacas, mis músculos estaban blandos y
cosas tan normales como caminar volvieron a convertirse en un desafío. Y no fue
el único problema de salud que apareció en mi vida.
Como
si todo lo vivido con la PTT no hubiera sido suficiente, durante este proceso
también tuve que enfrentar otro diagnóstico importante: un aneurisma en la
arteria carótida interna izquierda, en su segmento cavernoso, que continúa bajo
seguimiento de especialistas. Son situaciones médicas diferentes y cada una
tiene su propio seguimiento. No intento establecer por mi cuenta que una haya
provocado la otra.
Lo que
sí puedo decir es lo que significa emocionalmente atravesar, en un período relativamente
corto, distintos problemas de salud importantes.
Cuando
salís de una situación grave y aparece otro diagnóstico, volvés a sentir incertidumbre.
Volvés
a esperar estudios.
Volvés
a escuchar palabras médicas que nunca pensaste que iban a formar parte de tu vida.
Y una
vez más tenés que aprender a seguir. Salir del hospital no significó estar
recuperada.
Cuando
finalmente me dieron el alta sentí una alegría enorme. Pero salir del hospital
no significó que mi cuerpo estuviera como antes.
Me
cansaba muchísimo.
Me
faltaba el aire.
Las
piernas no tenían la misma fuerza.
Incluso
hablar durante un tiempo podía dejarme agitada.
Y
junto con la recuperación física apareció algo que quizás solamente entiende
quien atravesó una enfermedad grave: el miedo a que vuelva a pasar. Después de
haber tenido las plaquetas tan bajas, cualquier mancha, sangrado, mareo o sensación
diferente hace que inmediatamente prestes atención. Porque la PTT puede entrar
en remisión, pero necesita controles y seguimiento.
Cuando
miro hacia atrás, mi cuerpo estaba avisando. Hoy recuerdo esos primeros días y
puedo unir muchas cosas que en ese momento parecían aisladas.
La
orina oscura.
El
sangrado de encías.
Las
manchas en las piernas.
La fiebre.
Las
náuseas.
El
cansancio.
En ese
momento cada cosa tenía para mí una explicación posible. Pensaba que estaba
cansada porque trabajaba demasiado. Que me sangraban las encías porque me había
cepillado fuerte.
Que
tenía fiebre porque estaba engripada.
Y
seguí funcionando.
Por
eso también decidí contar mi historia.
No
para asustar a nadie, todo lo contrario.
La
cuento porque quizás otra persona puede leerla y pensar: “Esto también me está pasando
a mí, voy a consultar”.
A
veces creemos que tenemos que aguantar todo.
Yo era
así.
Había
un pedido: lo cumplía.
Había
que trabajar: trabajaba.
Había
un problema: buscaba cómo solucionarlo.
Hasta
que mi cuerpo puso un límite que yo no había podido poner antes.
Todavía
sigo en tratamiento y seguimiento La PTT no terminó el día que salí del
hospital. Sigo con controles médicos y con el seguimiento necesario para
disminuir el riesgo de una recaída.
Mis
médicos también indicaron continuar el tratamiento con un medicamento que se utiliza en determinados
casos de PTT adquirida para actuar sobre el mecanismo autoinmune de la
enfermedad.
Actualmente
sigo atravesando los pasos necesarios para poder acceder al tratamiento indicado.
A eso se suman los controles relacionados con el aneurisma y la recuperación de
todo lo vivido.
A
veces pareciera que cuando una persona recibe el alta hospitalaria la historia
terminó. Para el paciente muchas veces ahí comienza otra etapa.
La de
recuperar el cuerpo.
La de
volver a tener fuerza.
La de
hacerse estudios.
La de
esperar resultados.
La de
cumplir tratamientos.
La de
hacer trámites.
Y,
sobre todo, la de intentar recuperar una vida que cambió de golpe y volver a
empezar….
Yo
siempre fui una persona de hacer cosas: Trabajo, cocino, tengo emprendimientos,
organizo proyectos, pienso ideas nuevas constantemente.
Por
eso una de las cosas más difíciles de todo este proceso fue sentir que mi
cuerpo ya no podía seguir el ritmo de mi cabeza. Tuve que aprender algo que
antes me costaba muchísimo: escucharme. Entender que descansar también forma
parte de recuperarme. Aceptar que hay días en los que puedo hacer mucho y otros
en los que simplemente no puedo.
Todavía
tengo proyectos.
Todavía
quiero trabajar.
Todavía
cocino.
Todavía
sueño.
Todavía
tengo miles de ideas.
Pero
ahora también sé que todo puede cambiar en cuestión de horas.Por eso decidí
hacer pública mi historia.
Para
visibilizar la Púrpura Trombótica Trombocitopénica.
Para
que se conozca una enfermedad de la que yo misma prácticamente no sabía nada hasta
que me tocó vivirla.
Para
que se entienda que detrás de un diagnóstico hay una persona, una familia, un
trabajo, preocupaciones económicas, sueños, proyectos y una vida entera que
intenta seguir funcionando.
No sé
todavía cómo termina esta historia. Porque todavía la estoy atravesando.
Pero
sí sé algo:
Después
de haber pasado por terapia intensiva, tratamientos, miedo, diagnósticos y
meses intentando recuperar mi cuerpo, cada proyecto que vuelvo a comenzar tiene
otro significado.
Sigo
aprendiendo a vivir con todo lo que me pasó. Y, sobre todo, sigo eligiendo
empezar de nuevo.
Paula
Ortalli



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