EL 2 DE ABRIL, AL CUMPLIRSE 25
AÑOS DE
Me
llamo Ramón Librado Acosta, nací en Villa Ocampo el 26 de junio de
En el
año 1981 cumplí 18 años y tuve que hacer
el servicio militar y mi destino fue la ciudad de Mercedes, Provincia de
Corrientes, en el Regimiento nº 12
de Infantería y nada me hacía imaginar lo que ocurriría en mi vida un año
después. Y por esas cosas del destino mis tres compañeros de la escuela
primaria también fueron mis compañeros en el ejército y agrego a Mario Corgniali de Villa Adela.
CONVOCADOS PARA IR A
Estuve
bajo bandera desde marzo a noviembre más o menos porque salí en la primera
baja. Allá por el 5 o 6 de abril de 1982 estábamos cosechando en una chacra de Ocampo norte y escucho por Radio Corrientes –te recuerdo que en
esa época no había FM (emisoras de frecuencia modulada)- que desde el Regimiento 12 de Infantería convocaban
urgente a todos los soldados de mi clase. Me fui a la casa de Rolando Gómez que también había salido
en la primera baja y me confirmó que él también escuchó la radio y decidimos ir
a presentarnos voluntariamente antes de recibir la convocatoria oficial. Yo en
mi preparación militar me desempeñaba como apuntador de fusil pesado pero
mientras volvimos nadie nos decía para qué nos convocaron ni nos hacían
hacer ninguna tarea. Formamos una
compañía de reserva y después de unos cuantos días me dieron fue una vieja
ametralladora PAN 2 calibre
El
equipamiento que nos dieron fue: la ropa de fajina compuesta por un pantalón y
la campera de gabardina de color verde oliva, una camisa, un pulóver
verde, un camperón con capucha, un par
de borceguíes, dos pares de medias, una frazada, un colchón de campaña que no
tiene más de 5 cms de alto que se enrolla como los que se utilizan en las
carpas, una bolsa de dormir, un plato y utensilios para comer y un bolsón donde
colocamos todo. Ese fue todo el equipaje que teníamos los soldados.
RUMBO A
Una
mañana el regimiento comenzó a movilizarse y en tren nos trasladaron hasta la
ciudad de Paraná, capital de Entre Ríos. De allí pasamos un par de
días en un regimiento de la ciudad y luego nos llevaron a
Estuvimos
unos 10 días haciendo preparativos pero no en un regimiento sino en una zona
descampada donde había torres de extracción de petróleo y dormíamos dentro de
un galpón grande, con nuestro colchoncito y una sola frazada…el viento era
constante y el frío te calaba hasta los huesos.
A PUERTO DARWIN
Estando
en Comodoro Rivadavia nos enteramos
de que en pocos días después nos trasladan a toda nuestra compañía -compuesta por
475 soldados- a Puerto Argentino. Lo
hicimos un avión de Aerolíneas
Argentinas al que le habían quitado los asientos. Y aunque no me creas,
fuimos con el mismo equipo que nos dieron…y yo con mi arma inservible: una
ametralladora PAN 2.
El
aeropuerto está muy cerca de la orilla del mar y llegamos a la tardecita y
quedamos en el lugar donde nadie nos vino a recibir. A la noche como no
podíamos instalar nuestras carpas de campaña porque todo era cemento, tuvimos
que dormir en nuestras bolsas, arriba de nuestros colchoncitos al aire libre.
El viento era fuertísimo, helado y con una arenilla que apenas podías abrir los
ojos y encima el ruido del mar que se agita permanentemente. Y comenzaron los
verdaderos problemas porque no nos dieron de comer esa noche. A los dos días
llegaron unos helicópteros enormes -los “Chinook”
de dos hélices- y trasladaron nuestra compañía completa a las cercanías de Puerto Darwin, en una pequeña montaña
donde recibimos por primera vez una ración de comida; era unas latas con trozos
de carne en su interior, una latita con dos pastillas que se prendían y así
podías calentar esa “comida” que, además, querían que te dure una semana y
completaba la ración tres masitas saladas tipo spress en una bolsita de nylon. Seguíamos
durmiendo al aire libre porque era imposible instalar las carpas por la dureza
del suelo; dormir es un decir porque es imposible hacerlo sobre piedras, era un
tormento interminable al que se agregaba el viento constante, helado, y una
llovizna que todo el tiempo que estuvimos allí en algún momento del día caía,
mojaba todas nuestras pertenencias y no teníamos ropa de repuesto. Alrededor
del 26, 27 de abril nos llevaron a Puerto
Darwin donde había una pista de aterrizaje de tierra parecida al aeroclub
de nuestra ciudad, un pequeño caserío de casas de ingleses muy bonitas, una
iglesia y por supuesto, la base desde donde operaban unos 30 aviones “Pucará”.
Fue en
el primer lugar donde pudimos armar nuestras carpas de campaña para poder
dormir un poco mejor protegidos.
BAUTISMO DE FUEGO
El
primero de mayo fue nuestro bautismo de fuego: comenzaron a sonar las sirenas
que avisaban de un inminente ataque aéreo y fue el día que conocí el miedo, en
realidad toda lo sentíamos, estábamos aterrorizados por lo que podía pasar. Un
soldado de clase 63, que tenía apenas 18 años se puso a llorar.
Allá
amanece recién alrededor de las nueve y media de la mañana y a nosotros a eso
de las siete, siete media todavía oscuro, nos llevaron a dos kilómetros de la
base y organizamos un anillo defensivo. Yo seguía con mi pistola ametralladora
PAN y me sentía muy mal porque ante un ataque ¿Qué podía hacer? Pero había
otros que estaban en peor situación que la mía; lo único que tenían era una
pistola calibre 11,25, de fusiles ni hablar. Pero el ataque fue aéreo y los “Harrier” atacaron a la base,
destruyeron la mayoría de los aviones y el depósito de municiones. Los soldados
que cuidaban ese depósito desaparecieron con la explosión y también murieron
otros soldados de la fuerza aérea. Una vez que cesó el ataque a los muertos los
colocaron en bolsas plásticas, lo amontonaron en un pequeño tractorcito y lo
guardaron en un galpón que no fue destruido en el ataque.
Luego
de nuestro bautismo de fuego permanecimos ya en nuestras posiciones defensivas
y construimos nuestras trincheras –los “pozos de zorro”- donde pasábamos el
mayor tiempo del día, en un lugar húmedo, frío, todos empapados y temblando todo el tiempo al borde del congelamiento.
Hacíamos un pequeño techo con chapas de zinc que arrancábamos de los chiqueros
de las ovejas que tenían los ingleses. De alguna manera yo tenía a mis dos compañeros
ocampenses y siempre que podíamos nos apoyábamos, me refiero a Rolando Gómez, Ricardo Gutiérrez y Alberto
Moschén.
Pero
después comenzamos a sufrir no solo el ataque de los aviones sino también el
bombardeo de la artillería naval que nos hacían desde los barcos. Algunos
soldados tenían radios portátiles y escuchábamos las noticias de la guerra
especialmente de Radio Colonia de
Uruguay que permanentemente daba boletines. En ocasiones algún Oficial se
acercaba y nos hacían gritar ¡Viva
Pero
después el ataque se extendió y comenzaron a bombardearnos a nosotros y el
miedo a la muerte lo podías palpar. No sabíamos donde estar, si adentro de las
trincheras o afuera, nuestro peor enemigo no eran las bombas, era el frío, la
humedad, el hambre, la misma ropa que teníamos puesta hacía más de un mes
estaba hecha un desastre. A veces conseguíamos madera de las cerca que
colocaban los lugareños para sostener las alambradas de púas y hacíamos fuego
para calentarnos un poco. Pasábamos días enteros sin comer. Recuerdo que me
pesé antes de ir a Malvinas y tenía
58 kilos, cuando regresé tenía 37 kilos… Casi muero de hambre y te puedo
asegurar que algunos pueden haber muerto por ello.
EN ESTA SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE
RAMÓN LIBRADO ACOSTA NOS CUENTA SU HISTORIA EN PUERTO DARWIN Y LUEGO DE 25 AÑOS
LOS OCAMPENSES PODEMOS PALPAR LO QUE PASARON NUESTROS SOLDADOS EN LA GUERRA DE
MALVINAS. UNA GUERRA QUE NUNCA PODÍAMOS GANAR Y QUE COBRÓ LA VIDA DE TANTOS
JÓVENES. PERO LO QUE CREO QUE MÁS DUELE ES SABER QUE DE NUESTRAS PROPIAS TROPAS
SUFRIERON TORMENTOS INACEPTABLES. ESTA HISTORIA ES QUIZÁS LA HISTORIA DE OTROS
MILES DE JÓVENES A LOS QUE RECIÉN HOY ESTAMOS RECONOCIENDO COMO LO QUE SON:
HÉROES DE LA PATRIA.
A la
mañana cuando no había ataques, nos daban una taza de mate cocido frío y sin
azúcar; alrededor de las una de la tarde un cucharón de sopa de cebollas con
algún pedazo de carne de oveja si tenías suerte y a la noche nada. De pan ni
hablar. Un Sargento de apellido López
Mesa del que yo era auxiliar viendo que no tenía armamento adecuado me
trajo un “Intalasa” un lanzacohetes
que es una especie de caño que se coloca sobre el hombro, tiene una mira para
apuntar, y se coloca por detrás el proyectil, algo parecido a una bazooka. Es
un arma para destruir un jeep, un tanque, un transporte de tropas por ejemplo.
Pero tiempo después el sargento llevó esta arma porque él también tenía
solamente una pistola.
Entonces
un día hablando con un soldado clase 63 me cuenta que no sabía manejar el FAL
que le habían dado y le propulse cambiar el armamento y aceptó, allí recién
pude contar con un armamento mejor. Cada soldado contábamos con 4 cargadores de
20 proyectiles cada uno pero a mi me pasó que tiré un cargador, el caño se
recalentó y quedó inutilizado, el armamento era totalmente viejo, malo y la
mayoría se rompían a los pocos disparos.
CALABOZO DE CAMPAÑA
Llegó
un momento que el hambre se hizo insoportable y algo teníamos que hacer, nos
daba mucha bronca porque estábamos
rodeados de miles y miles de ovejas y los Oficiales no querían que las
matemos para así poder comer, algo que hasta hoy no me lo puedo explicar
ni cuál era la razón. La desesperación
llegó hasta tal punto que ya no me importaba si me mataban, me metían preso, nada…quería,
necesitaba, en realidad todos necesitábamos comer. Estábamos todos mojados, con
la ropa sucia, sin bañarnos, los pies helados y congelados…nadie venía a darnos
aliento, los oficiales desaparecieron, ellos
estaban instalados en una carpa grande con todas las comodidades y
disponían de comida en abundancia. A la noche se iban al pueblito y dormían en
las casas de los ingleses. No había un médico que te venga a ver, los únicos
que nos acompañaban eran los Suboficiales más antiguos. Nadie nos dirigía,
nadie nos explicaba qué teníamos que hacer ante un ataque y nos dábamos cuenta
que en cualquier momento los ingleses desembarcarían.
Convencí
a un ex soldado clase 61, un formoseño criado en el campo que creo se llamaba Benjamín González y salimos a carnear alguna oveja y a la noche avisamos al
soldado que estaba de sereno que nosotros íbamos a buscar carne, nos dio la
contraseña para que no tengamos problemas y salimos. Carneamos dos ovejas,
quitamos el cuero, las tripas, lavamos
la carne en el mar y cada uno trajo una. Con la grasa hicimos chicharrón y la
carne la fritamos y comenzamos a comer. Así pudimos aliviar nuestro hambre por
un par de días hasta que yo invité a compartir nuestra comida a un Subteniente
de Reserva que creo su apellido era Aldao;
éste era muy alto y no podía entrar en la carpa por lo que, acostado, en la
cabecera, compartió con nosotros.
Un
cuarto se lo guardé para Rolando Gómez
y no sabía donde estaba. Pero preguntando y preguntando, recorriendo
trincheras, pozos de zorro, logré llegar hasta él y fue muy grande la alegría
que tuvo cuando me vio; no sólo por el regalo que le llevé sino también por
verme porque desde que llegamos a Darwin
no pudimos hacerlo.
Claro,
pronto la noticia de la carneada llegó hasta oídos del Teniente Suazo uno de nuestros Jefes del Regimiento 12 de Infantería de Mercedes, Corrientes y se apersonó
hasta nuestra trinchera.
-¡Soldado
Acosta! ¡Soldado González! ¿Qué tienen allí?
-Carne
de oveja mi Teniente Primero, respondí.
-¿Y
usted no sabe que está prohibido matar ovejas, Soldado Acosta?
-Claro
que sabemos mi Teniente Primero, pero usted también sabe que nos estamos
muriendo de hambre.
-¡Ahora
tendrá el castigo que se merece! ¡Acompáñeme! ¡Salto rana hacia delante!
Y a
los saltos de rana nos llevó hasta muy cerca de la carpa de Oficiales donde
estaban los víveres.
-¡Soldado
González! ¡Usted con su pala va a
hacer un pozo de un metro por un metro y dos de profundidad! Ordenó a mi
compañero. Imagínate con una palita con un cabo de madera de 40 cms hacer semejante
pozo en zona de piedras…imposible. Las manos de mi compañero transcurridos no
más de una hora comenzaron a sangrar.
¡Usted
Acosta al calabozo de campaña!
Ordenó.
Había
cuatro estacas de madera bien clavadas en el suelo, mi hizo acostar boca arriba
y luego me ataron de las muñecas y los tobillos con una soga bastante fina y mi
espalda no tocaba el suelo. El dolor era insoportable y hubo momentos que lloré
de tanto dolor. Estuve en esa posición un par de horas pero en un momento pude
hablar con un soldado y le pedí por favor que vaya a buscar a nuestro Sargento
del cual era su ayudante. Inmediatamente vino acompañado de un cabo y enfrentó
al Teniente y tuvo una durísima discusión y así logró que este tormento cese.
No me podía ni parar, menos mover los brazos, hubo momentos que creí que me
moría. Pero mi sufrimiento tuvo su premio: Se dieron cuenta que los Soldados
estaban a punto de subordinarse y autorizaron que día por medio cada sección
carnee una oveja.
Alrededor
del 25, 26 de mayo comenzó el desembarco, tiraban bengalas y la noche se hizo
día, además tiraban con balas trazadoras que dejan una estela de humo para
marcar y corregir el blanco. Fue un infierno; el tableteo de las
ametralladoras, los gritos, los disparos, es algo que jamás podré olvidar.
Cuando
desembarcaron los combates cada vez eran más intensos y allí ya no llegaba nada
de comida y nuestra mayor preocupación era conseguir algo para comer, entonces
decidimos un grupo ir hasta el pueblito para conseguir algo en un depósito de
alimentos de nuestro batallón y una patrulla inglesa que ya había tomado el
lugar nos hizo prisioneros, en un primer momento estuvimos por combatir pero
ellos eran demasiados y decidimos rendirnos, era inútil resistir. Uno de ellos
hablaba castellano a la perfección y luego nos contó que era un soldado
profesional de origen español, nos recomendó que no hagamos ningún movimiento
sospechoso. Quedamos con la boca abierta cuando vimos el equipamiento de los
soldados: armamento moderno, ropa adecuada para el frío, todos eran personas
grandes mayores de 30 años. A la noche se retiraron y nos dejaron solos, al
amanecer tomé una bolsa plástica y me fui hacia las casas de los ingleses que
estaban a unos doscientos metros en busca de algo para comer. Allí conseguí por
fin comida para mí y mis compañeros.
Luego
llegó la rendición de todo nuestro Regimiento y se hizo una formación que para
mí fue el acto más humillante de mi vida.
Nos
desarmaron, quedó una montaña de fusiles, cascos, todas nuestras armas, y nos
hicieron formar. Al frente el Jefe de
nuestro Regimiento el Teniente Coronel Ítalo Piaggi quién firmó el acta de
rendición y luego arriaron del mástil la Bandera Argentina, se la entregaron a
nuestro Jefe e izaron la Inglesa. Apenas podíamos contener las lágrimas.
Después en helicópteros nos fueron llevando hasta la Bahía
San Carlos y fueron agrupándonos al aire libre dentro de un cerco
perimetral hecho con rollos de alambre de púa y amanecimos parados,
abrazándonos unos a otros para no congelarnos de tanto frío que hacía. Pero
tuvimos la primera comida caliente en muchos días que nos dieron los ingleses.
A la
mañana nos fueron trasladando a un barco
de pasajeros muy grande, de 4 pisos y fue el primer día que pudimos bañarnos
luego de casi dos meses de no hacerlo desde que salimos del continente. Un
equipo de médicos nos revisó uno por uno y si teníamos alguna herida o algo
inmediatamente nos hacían la curación o te daban el medicamento. Comíamos de
primera, nos daban postre y cada cuatro soldados ocupábamos un camarote. No
sabíamos a donde nos estaban por llevar pero luego de varios días la Cruz Roja se hizo cargo de nosotros y
desembarcamos en Montevideo, Uruguay.
De allí en otro barco desembarcamos en territorio argentino y muy apurados nos
cargaban en colectivos que tenían las ventanillas cerradas y cubiertas con una
cortina y nos prohibieron que miráramos hacia fuera y que tampoco habláramos
con nadie. Nos trasladaron hasta Campo
de Mayo y aunque no lo creas nos hicieron desfilar para el Jefe de
Regimiento.
Al
medio día nos llevaron a comer…y luego de tantos días pudimos comer pan y lo
hicimos con desesperación. Comimos tanto pan que luego cuando llegaron los
ravioles había poco espacio pero igual seguimos comiendo como creo que nunca lo
volveré a hacer. De postre nos sirvieron durazno al natural con dulce de leche.
Cuando nos fuimos a dormir una siesta casi nadie pudo dormir de los
retorcijones en el estómago achicado de tanto hambre que pasamos.
Y
ahora lo que voy a contar no lo vas a poder creer y fue la vergüenza, la
impotencia, la rabia más grande de mi vida: nos llevaron a un enorme galpón y
en cajas de telgopor ¿sabés lo que había? Fusiles FAL nuevos, relucientes, de
culata metálica y rebatible… Además del fusil nuevo que ya no necesitábamos nos
dieron toda la ropa nueva, cascos nuevos…una verdadera tomada de pelo. Para ir
a pelear nos mandaron con las armas que más se parecían a basura que a un
arma…Ésto nos hicieron a los que arriesgamos nuestras vidas en las Islas
Malvinas, donde además perdieron la vida
cientos de jóvenes…
¿Si
volvería? ¡Claro que sí! Pero pondría condiciones: ropa adecuada, armamento
adecuado, trato humano, preparación previa…Abusaron de nuestra ignorancia,
nuestra juventud y nuestra natural docilidad de la edad, hoy si ese Teniente
que me estaqueó lo hubiera intentado con lo que ahora soy seguro que estaría
muerto.
Del
Libro PERSONAJES DE MI PUEBLO – Prohibido publicar sin expresa autorización
del autor Prof. Raúl Enrique Dubouloy -Todos los derechos reservados

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