En estos tiempos, alcanza con expresar una idea incómoda para que alguien intente reducirte a una palabra.
“Violento”.
“Insensible”.
“Fanático”.
“Autoritario”.
“Ignorante”.
“Antidemocrático”.
No importa demasiado lo que hayas dicho. Tampoco importa si argumentaste, si presentaste datos o si señalaste una realidad que otros preferían esconder. La sentencia suele estar escrita antes de que comience la conversación.
Y cuando ninguna respuesta alcanza para modificar el veredicto, ya no estamos frente a una crítica. Estamos frente a una condena identitaria.
Una cosa es afirmar: “Eso que hiciste está mal”.
Otra, muy distinta, es asegurar: “Eso demuestra la clase de persona que sos”.
La primera posición permite revisar, aprender y reparar. La segunda clausura toda posibilidad de diálogo, porque transforma un acto, una idea o una diferencia en la supuesta esencia moral de alguien.
Ese mecanismo se repite cada vez con mayor intensidad en la vida pública.
Primero aparece la demonización. El adversario deja de ser una persona con la que se discrepa y pasa a convertirse en una amenaza. Ya no se discuten sus argumentos: se cuestionan sus intenciones, su humanidad y hasta su derecho a participar de la conversación.
Si se enoja, es violento.
Si se mantiene firme, es autoritario.
Si sonríe, es cínico.
Si se emociona, está actuando.
Si gana, hizo trampa.
Si pierde, es un resentido.
No existe conducta posible que lo absuelva, porque el objetivo nunca fue comprenderlo.
Después llega la doble vara.
Lo que en unos es convicción, en otros se llama fanatismo.
Lo que en unos es protesta, en otros es violencia.
Lo que en unos es sensibilidad social, en otros es demagogia.
Lo que en unos se celebra como defensa de derechos, en otros se condena como intolerancia.
Una vara que mide solamente hacia un lado deja de ser una vara moral. Se convierte en un arma.
La coherencia exige aplicar los mismos principios incluso cuando el señalado pertenece a nuestro propio espacio, a nuestra historia o a nuestra sensibilidad ideológica. Porque condenar únicamente los errores ajenos no es ética: es conveniencia.
Finalmente aparece la deslegitimación.
Ya no se discute una propuesta. Se intenta negar cualquier mérito.
Si algo mejora, será casualidad.
Si una medida funciona, habrá intereses ocultos.
Si alguien obtiene apoyo, seguramente manipuló.
Si alcanza un logro, alguien concluirá que lo consiguió mediante engaños, crueldad o privilegios.
El mérito se vuelve insoportable para quien construyó su identidad explicando que el otro sólo podía fracasar.
Por eso necesita imaginar una trampa.
La deslegitimación no dice: “No estoy de acuerdo con lo que hiciste”.
Dice: “Nada bueno puede provenir de vos”.
Y allí comienza una forma silenciosa de odio: aquella que no necesita gritar, porque se disfraza de superioridad moral.
El odio colectivo no siempre nace de un estallido emocional. Muchas veces se fabrica. Se selecciona una imagen, se recorta una frase, se repite una acusación y se la multiplica hasta que parezca una evidencia.
Una mentira repetida diez mil veces no se convierte en verdad, pero sí puede convertirse en clima social.
La pregunta decisiva es sencilla:
¿La crítica busca que el otro corrija algo o pretende que el otro desaparezca?
La crítica genuina señala hechos, admite matices y reconoce la posibilidad de reparación. El desprecio, en cambio, convierte personas en caricaturas. No quiere comprender. Quiere reducir.
Por eso debemos recuperar una conducta básica que parece antigua, pero hoy resulta revolucionaria: mirar al otro como persona.
No como etiqueta.
No como partido.
No como clase social.
No como colectivo.
No como enemigo imaginario.
Como persona.
Con un nombre.
Con una historia.
Con contradicciones.
Con errores.
Con derechos.
Con dignidad.
Podemos cuestionar ideas con firmeza. Podemos denunciar la corrupción, la violencia, el autoritarismo, la mentira o la manipulación, vengan de donde vengan. Lo que no deberíamos aceptar es que una conducta condenable sea utilizada para declarar indigna a una parte entera de la sociedad.
Una democracia madura no exige que pensemos igual. Exige algo mucho más difícil: que podamos confrontar sin deshumanizar.
Hay que corregir acciones sin condenar esencias.
Hay que denunciar mentiras sin fabricar nuevas mentiras.
Hay que reconocer los errores propios con la misma severidad con la que señalamos los ajenos.
Y cuando alguien intente reducir a una persona a una sola palabra, será necesario realizar el movimiento contrario: devolverle su nombre.
Porque el odio simplifica.
La conciencia distingue.
Y la verdadera libertad comienza cuando dejamos de repetir las etiquetas que otros diseñaron para pensar por nosotros.
Lic. Víctor Tomé
Psicólogo clínico – M.N. 71680



